martes, diciembre 09, 2008

Irredento Urbanita

Julio 7
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Llevo dos semanas en Trujillo. La primera semana no sentí el sabor de mis comidas favoritas pero he intentado disfrutar de la compañía de mis amigos o eventuales compañeros de almuerzo o cena. Ayer nadie me acompañó por la noche. Mi padre ya estaba en su cama viendo televisión y cenar solo es un atentado contra el apetito. Fui al Oviedo a comer mi postre favorito. Fue el Pecado de Lúcuma más largo de mi vida. Lo comí con los ojos cerrados, lo disfruté. Lo de comer con los ojos cerrados me lo enseñó una gran amiga que tiene mala suerte en el amor. Quizás, además de comer con los ojos cerrados también besa con los ojos cerrados, también ama con los ojos cerrados. Encontré en ese instante una causa para explicar su mala suerte en el amor.
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Sentado junto a la mesa, y acompañado de tres sillas vacías, abro los ojos tras ese trance con la crema de lúcuma y siento que alguien me observa. Era una mujer, roza los cuarenta años, sus dos amigas parlanchinas no paran de hablar sobre temas intrascendentes. Son tres en su mesa pero yo la veo sola. Ella acota al chisme pero sin convicción. Está sola. Mientras muerde lentamente su casi desaparecida hamburguesa detecto que los platos de sus compañeras rebozan de comida, no han probado nada, se han atragantado de palabras. Paso de mirarlas más. Un camarero con un café en la mano, idéntico a Tulio Loza en sus mejores épocas, pasa por mi lado, buenas! me dice y apura el paso. El receptor de ese café es nada menos que el padre de un amigo mío. Don Javier qué tal?, estuve a punto de saludarle. Pero algo me detiene. Es su soledad. Le veo cómodo con La Industria extendida creando un círculo a su alrededor. Estuve a punto de ir a su mesa y acompañarle con un café. Él tiene más de cincuenta años, ¿de qué hablaríamos? Soy tan amigo de su hijo que podría contarle más cosas de Javier hijo que él a mi en todos sus años de padre. Creí conveniente y saludable no saludarlo.
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A diferencia de mí, todos los camareros lo conocen. Pero también está solo, cómodo pero solo. Yo no estoy incómodo, pero tampoco estoy cómodo viendo soledades ajenas. Me siento menos nostálgico pero entretenido, soy un observador empedernido, y en ocasiones un voyeur sin remedio. En este limbo, siento que mirar las soledades de los demás reconforta, de alguna manera mengua la nuestra. Mejor mirar una tragedia que vivirla.
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Cuando vuelvo a casa por la noche oigo a lo lejos la televisión encendida y un ronquido prolongado pero repetido en el cuarto de papá. Apago la luz de la sala que papá había dejado encendida para advertir a los ladrones que hay gente en la sala cuando en realidad no había nadie. Voy a mi cuarto a oscuras, me estrello dos veces, una con una columna y la otra contra la mesa. No me preocupo, soy tan distraído que igual me chocaba si las hubiesen estado encendidas. Tiro mi ropa sobre las maletas contribuyendo al desorden en esa habitación con vista hacia un muro de ladrillos naranjas. No soporto el silencio, prendo la radio, oigo las cursilerías de la locutora de Radio Ritmo Romántica y me gustan. Recuerdo por un instante al padre de mi amigo y a la mujer de amigas parlanchinas, me apiado por un momento de ellos. Apago la luz sin apagar la radio, me gusta dormir así. La locutora anuncia la siguiente canción, se llama Mi soledad y yo. En ese instante comencé a apiadarme de mí.
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Publicado el lunes, 18 de agosto del 2008 en www.noticiastrujillo.com en la columna Irredento Urbanita.